El Cairo

Se dice de muchas cosas, pero en el caso de El Cairo es especialmente cierto: o lo amas, o lo odias. El Cairo es una ciudad tan intensa que en ella no caben las medias tintas, para lo bueno y para lo malo.

El tráfico es constante, ilógico y agotador; la contaminación es tan espesa que se puede ver y casi tocar, lo envuelve todo dando a la ciudad un toque dantesco, en algunas ocasiones estremecedor; el calor es sofocante para la mayor parte de los meses del año, con la humedad que emana del Nilo y el aire caliente que sopla desde el desierto que rodea a la ciudad por el norte, por el sur, por el este y el oeste. El Cairo también tiene un color especial, debido a la arena que desde ese desierto llega a la ciudad y lo recubre todo como un manto sagrado. Hay muchas cosas negativas que podría elencar sobre El Cairo y que los que vivimos aquí maldecimos a diario. El problema es que las cosas positivas no se pueden enumerar, no se pueden expresar, porque hay que sentirlas, vivirlas y verlas sobre el terreno, en medio de esta masa informe de cemento habitada por más de 20 millones de personas, que late con ritmo propio y constituye un mundo aparte, mágico.