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Los corresponsales tambien lloran

18 nov

No sé por qué pero el del Sáhara Occidental es un conflicto que no me llega al corazón. Supongo que a la hora de sentir empatía, pena, rabia y posicionarnos en un bando determinado, también somos selectivos y, de forma totalmente irracional en mi caso, simpatizamos más con unas causas que con otras, aunque las apoyemos y las comprendamos de la misma manera. No hace falta decir que el conflicto palestino es mi talón de Aquiles, pero en los últimos días me ha sido imposible no reflexionar sobre los acontecimientos de El Aiún, sobre todo porque, desde que el pasado lunes Marruecos desmantelara el campamento de protesta saharaui, los sucesos de ese día y sus repercusiones han sido portada de todos los periódicos, todos los días, y yo misma he estado informando sobre ello, desde El Cairo. La prensa, una vez más, ha sido la encargada de dar voz a las injusticias, a un conflicto olvidado o dormido, del que no suele hablarse tanto como del conflicto árabe-israelí porque EEUU no está de por medio y, como ha pasado en otras ocasiones, la prensa se ha convertido en protagonista del conflicto, en una de las partes: ha dejado de ser portavoz y testigo para convertirse en víctima, según su versión, y verdugo, según las acusaciones de Marruecos.

Desde el levantamiento del campamento de Gdaim Izik a principios del mes de octubre, a los corresponsales españoles en Marruecos se les dificultó acceder al Sahara e informar sobre los desarrollos de la protesta, especialmente después de que la policía marroquí abatiera a tiros a un adolescente saharaui a finales de octubre, acabando así con el carácter pacífico de la manifestación y generando una tensión que estalló la semana pasada. El boicot de Marruecos a la prensa española fue evidente y absoluto a partir del lunes 8 de noviembre, cuando el Ejército del reino alauí decidió que había llegado el momento de poner fin a esa protesta, que con la participación de unos 20.000 saharauis ha sido catalogada como la mayor desde la salida de España del Sáhara. Mohamed VI decidió que tampoco los periodistas podían seguir ejerciendo sus derechos fundamentales o, más bien, su función, que es la de informar y, en el caso de los corresponsales, trasladar lo que está sucediendo en los rincones más remotos para que los que están cómodamente en sus casas europeas puedan saber la verdad.

Esa es la misión de un corresponsal: contar lo que está pasando, explicarlo, contextualizarlo en una realidad que supuestamente conoce mejor que nadie, interpretar esa realidad con la que convive, ofrecer análisis y conclusiones basadas en su experiencia y conocimiento, en información que obtiene sobre el terreno, en lo que ve y escucha y deduce. Pero los corresponsales también somos humanos y tenemos sentimientos, opiniones, debilidades, un corazón. Y esto es aún más cierto cuando eres corresponsal en una zona en conflicto, cuando ese conflicto lo ves cada día, lo vives y lo acabas sintiendo como tuyo. Yo lo experimenté las veces que he estado trabajando en Palestina, cuando la información deja de ser hechos anónimos, datos, cifras, ciudades en un mapa, palestinos e israelíes sin alma, para convertirse en tu realidad, esa en la que te levantas cada día y en la que vives, como si te hubieras metido en una noticia del telediario.

Supongo que los corresponsales en Marruecos también son humanos (los que conozco lo son y, además, humanos de gran corazón) y no pueden ser del todo objetivos y fríos a la hora de cubrir el conflicto del Sáhara Occidental, por razones obvias desde el punto de vista profesional y personal. Puede que Rabat tenga razón cuando acuse a esos corresponsales de ofrecer una visión sesgada de los hechos y de llevar a cabo una guerra contra el Gobierno marroquí, pero esa es también la misión de un corresponsal: denunciar las injusticias de un régimen dictatorial (o de la parte más fuerte de un conflicto), hacerle la guerra –informativa-, presionar para que se promueva la libertad de expresión así como los demás derechos humanos fundamentales, dar voz a los oprimidos dentro de ese régimen (o la parte débil de un conflicto), ofrecer la versión no oficial y que el régimen no quiere que se conozca (la de los débiles frente a las de los fuertes)

Otra cosa es cuando los periodistas se convierten en parte activa del conflicto desde un punto de vista personal, cuando son involucrados como individuos con cara y nombre, como ha ocurrido con la prensa española en Marruecos. Cuando el reino Alauí le retiró la acreditación al corresponsal del periódico ABC en ese país y lanza acusaciones concretas contra medios concretos, los periodistas son atacados en el plano personal, peligra su trabajo e, incluso, su integridad física, lo cual cambia las reglas del juego, unas reglas que no deben de romperse, porque la prensa debería de ser como la ONU: intocable, aunque no consiga estar por encima de los conflictos y ser objetiva, neutral e insensible. Y aunque también se equivoque.

Los periodistas también se equivocan: foto de niños de Gaza tomada en 2006, distribuida como si correspondiera a la violencia en El Aiún la semana pasada.