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Revolucion… sexual?

7 jun

Cuando se habla de las revoluciones árabes, en algún momento siempre aparece la cuestión de las mujeres. Supuestamente las más oprimidas –no sólo por la dictadura del Estado-, las más afectadas por los factores que están en el origen de las revueltas –desempleo, pobreza, analfabetismo, falta de libertad- y las que más han cargado, como es común, con las consecuencias sociales de esos factores, las mujeres árabes tienen ahora una gran oportunidad para liberarse y obtener sus derechos, al igual que los hombres. Pero, qué lugar ocupan en esta lucha por una vida digna? Qué esperanzas tienen de liberarse? Y, más importante, de quién tienen y pueden liberarse?

Soy consciente de que estas preguntas y este planteamiento son totalmente occidentales y, sobre todo, prematuros, pero, al fin y al cabo, soy occidental y, como mujer, tengo prisa por encontrar respuesta a estas y no otras preguntas. En estos más de cuatro meses de revoluciones árabes, todavía no he escrito nada sobre las mujeres: porque no me siento con el derecho de hacerlo, porque no tengo las explicaciones necesarias, porque todavía yo misma me hago demasiadas preguntas como para poder contestarlas a los lectores y porque es demasiado arriesgado, delicado, manipulable. Quizás debería de ser igual de precavida a la hora de hablar de política geoestratégica, de la pérdida de vidas humanas, de dictadores, pero he aprendido (sobre todo gracias a mi gran amigo Tarek Shalaby) que hay que tener mucho cuidado al ofrecer análisis, visiones, juicios de valor, sobre las mujeres en el mundo árabe/musulmán.

Iman Bughaighis, una de las mujeres (y figuras) más destacadas de la dirección rebelde en Bengasi

En la revolución egipcia, especialmente en Tahrir, fue evidente la participación de las mujeres que, en todo momento, estuvieron en las calles, expresándose, manifestándose, haciendo posibles las varias marchas del millón. Eran una fuerza visible, aunque poco sabemos sobre el papel que realmente jugaron en la retaguardia, en los despachos, en las casas, en la toma de decisiones, de la que suelen quedar excluidas, siempre y en todo el mundo. Cuando llegué a Libia por primera vez –el 24 de febrero- me sorprendió muchísimo el hecho de que no hubiera mujeres en las calles, aunque fuera para hacer número. Me impactó todavía más que éstas sólo se manifestaran en contadas y específicas ocasiones, en cortejos sólo para mujeres y tuvieran un espacio reservado para protestar en la plaza de Bengasi. Cuando pregunté a una de las mujeres representantes del Gobierno rebelde, Iman Bughaighis, me dijo que las mujeres estaban participando activamente en la revolución libia (como pude comprobar posteriormente, en sus casas, con su apoyo moral, cargando con el peso de los cadáveres de sus maridos muertos en el frente, cocinando para los rebeldes en cuartos escondidos), pero que había que tener paciencia y darle tiempo a la sociedad, que no se le podía exigir de repente ser como Europa y, nosotros los europeos, no podíamos aplicar nuestros criterios a esa revolución. En general, intento no hacerlo, pero es inevitable. Y luego mis conclusiones y sentimientos son tan confusos y contradictorios que prefiero no publicarlos. Por ello, en esta ocasión, voy simplemente a compartir algo que creo que es interesante y cada uno que saque sus propias conclusiones.

La semana pasada tuve la oportunidad de entrevistar a Alaa al Aswany y como periodista occidental –y creo que mujer liberada- le pregunté si consideraba que Egipto necesitaba una revolución sexual como la que tuvo lugar en Europa tras el mayo del 68. Después de un primer momento de incertidumbre, el que se supone uno de los intelectuales más liberales y laicos de Egipto, me dijo que no estaba del todo seguro de que ese cambio ocurrido en Europa (donde hemos separado el sexo del matrimonio y la familia, en sus palabras) hubiera sido del todo positivo, especialmente para las propias mujeres. “No sé si deberíamos copiar la experiencia europea y no sé tampoco si llamarla revolución…”, reflexionaba Al Aswany. “Ahora las mujeres pueden disfrutar libremente de su vida privada (véase sexual), pero esto ha llevado a que haya cada vez menos familias y menos hijos en Occidente. Vives 10 años con una pareja, luego otros 10 años con otra… pero son los hombres que, como pájaros libres, realmente se benefician de este sistema, porque no sienten la necesidad de formar una familia mientras que, al final, la mujer sufre”. En definitiva, lo que venía a decir Al Aswany, es que los hombres disfrutan de esa falta de compromiso que según él conlleva el control de la natalidad y explotan esa situación frente a las mujeres que, aunque liberadas, al final su único deseo y forma de realizarse es tener una familia.

El novelista y periodista egipcio Alaa Al Aswany, autor de "El Edificio Yacoubian"

Eso sí, acabó asegurándome que, en el nuevo Egipto, “las mujeres podrán tomar decisiones de forma libre e independiente sobre su vida privada (o sea, sexual), sin que eso conlleve consecuencias negativas”, véase marginación, rechazo familiar, penalización social o legal, etc. Y me despidió diciendo que mis preguntas habían sido “muy inteligentes”.

Revoluciones bonitas

23 may

Creo que hoy es un buen día para volver a escribir, ante todo, porque (por fin!) tengo tiempo y, segundo, porque hoy se dan todos los elementos sobre los que suelo reflexionar en este blog, que he abandonado en los últimos meses, no porque lo considere poco importante, sino porque he dejado de lado toda mi vida para dedicarme en cuerpo y alma a las revoluciones árabes: primero la egipcia, luego la libia -país en el que he pasado 2 meses en total desde febrero.

foto cedida por el mejor compañero de revolución: Francisco Javier Carrión

Hoy, pocas decenas de españoles residentes en El Cairo nos hemos concentrado en frente de la Embajada para mostrar nuestro apoyo al movimiento del 15M en España, como ya hicieron en días anteriores otras comunidades de españoles en el extranjero. Los expatriados también queremos mostrar que estamos indignados, a pesar de no estar gobernados por los políticos españoles y a pesar de que muchos que los que estábamos hoy en la calle Ismail Mohamed llevamos años fuera de España, pero no dejamos de estar afectados por lo que pasa allí o, simplemente, preocupados, apenados, asombrados, en definitiva, indignados. Sólo hemos sido un pequeño porcentaje de los cerca de 500 españoles que residen en Egipto, hemos alcanzado las 30 personas al mismo tiempo, algunas más a lo largo de dos horas –yo sólo he podido estar unos 20 minutos debido al trabajo-, pero todos coincidimos en que es especialmente significativo y simbólico salir a la calle en Egipto, cuya revolución ha inspirado al mundo y no sólo el árabe, sino a todos aquellos que sueñan con cambiar las cosas y los egipcios les han demostrado que es posible hacerlo. Creo que todos los expatriados –aquellos que no salimos corriendo después de dos días de protestas- nos hemos sentido muy orgullosos de vivir en Egipto -que para muchos es ya nuestro país- y ser testigos, más o menos activos, de la revolución, acudir a Tahrir, vivirlo con esos amigos y vecinos de los que nos sentimos orgullosos, por primera vez en muchos casos. Yo misma criticaba (y admiraba a la vez) a los egipcios impasibles, que nos sorprendieron con una revolución preciosa: pacífica, fuerte, plural y colorida. La acampada de Tahrir fue de lo más ingenioso e inspirador que ha podido hacer un movimiento ciudadano en los últimos años, me atrevería a decir incluso en las últimas décadas, desde el Mayo del 68… Y Tahrir es ejemplo y modelo a seguir ahora en España, en la Puerta del Sol, donde el lema “no nos vamos” es el mismo que cantaban los egipcios, aunque seguido posteriormente de “él (Mubarak) se irá”. Pero el objetivo, el fin, no es tan importante en este caso (sí lo era en Egipto), sino el hecho en sí, los medios: auténticos, REALES, populares, participativos, emocionantes, conmovedores, divertidos, graciosos, enérgicos… al igual que lo fueron en la rebelión egipcia. Los revolucionarios egipcios encontraron el valor de salir a la calle el 25 de enero después de tres décadas de dictadura  y los indignados españoles no tienen miedo de hacerlo finalmente después de años de injusticias y quejas. El deseo de ambos, en el fondo, cambiar el sistema. Estoy esperando –y creo que llegará pronto- el momento en el que en las plazas de España también coreen “el pueblo quiere derrocar el sistema”.

Hogar, dulce hogar…

9 nov

Mi vida siempre ha sido una vida vagabunda, nómada, hecha de maletas, pesadas y llenas de todas aquellas cosas que pueden hacerte sentir más en casa, como la comida típica de tu tierra, las fotos de tus seres queridos, todas las tonterías inútiles que acumulas a lo largo de los años… Cuando vives en el extranjero o, simplemente, lejos de algunas de las personas más importantes para ti, lejos de aquello que consideras tu hogar, dedicas mucho tiempo y esfuerzo a sentirte como en casa. Pero, después de años de esfuerzos y estrategias variadas, me pregunto ¿qué es lo que realmente configura un hogar y nos hace sentir como en casa? Después de la enésima mudanza de mi vida, y después de haber cargado de nuevo con todas mis maletas repletas de esos elementos mágicos que conforman mi hogar fuera de casa, tengo serias dudas.

He dejado mi piso de la calle Ibn Nabih, el primero que tuve en Egipto, el que fue mi hogar desde mis primeros días en un país desconocido, un entorno hostil y el que fue un refugio seguro y acogedor durante casi 3 años de aventuras, incertidumbre, desconcierto y desesperación, momentos estupendos e inolvidables, duros y dolorosos… Sólo cuando me dispuse a abandonarlo me di cuenta de que ese apartamento había sido donde más tiempo he vivido en los últimos años de mi vida, desde que me fui de casa de mi madre.

Ahora, mi nuevo piso en la calle Fuad el Ahwany, a tan solo 3 manzanas de distancia del anterior, todavía no es mi casa, aunque no haya cambiado de hogar porque, al fin y al cabo, sigo estando en el mismo barrio, la misma ciudad y el mismo país que, de una forma u otra, a veces en contra de mi voluntad, se han convertido en mi mundo, al igual que la gente que me rodea.

A mi nuevo apartamento he traído conmigo todas aquellas cosas que seleccioné cuidadosamente antes de venir a Egipto, que compré y recolecté durante meses antes de coger el avión para que fueran perfectas, mi hogar y mi identidad, para que me hicieran compañía. A ellas se han sumado las adquisiciones, los amuletos de los últimos 3 años en El Cairo, aquellas cosas que he ido acumulando, sobre las que se ha ido acumulando el polvo y la arena del desierto, aquellos objetos “imprescindibles” que me he ido trayendo desde Madrid, desde mis otros hogares en Italia y España, y que se han ido sumando a mis escasas pertenencias iniciales. Aún así, todavía no consigo sentirme como en casa…

Entonces, qué es lo que hace un hogar? Es la casa en sí, que sea bonita, moderna, decorada con muebles de Ikea? El hecho de sentirnos a gusto en ella o simplemente acostumbrarnos a sus cuatro paredes? Es el lugar donde vivimos, que se convierte con el tiempo en Nuestro barrio, Nuestra ciudad, Nuestro país? Es la gente que nos rodea la que de verdad emana ese calor hogareño que nos hace sentir seguros y felices? Supongo que una suma de todos estos elementos y, más importante aún, el hecho de querer e intentar sentirnos como en casa en cualquier otro sitio que no hayamos catalogado como tal en nuestra cabeza. Y como con todas las cosas, es cuestión de tiempo y de rutina.