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Reflexiones postelectorales

13 dic

Hace una semana que concluyeron las elecciones parlamentarias egipcias y hoy se inicia la nueva legislatura con la inauguración del nuevo Parlamento, que ha quedado en manos prácticamente de forma absoluta del partido gobernante del presidente Mubarak.

No quiero aburrir con datos, cifras y porcentajes sobre los partidos políticos, los candidatos/diputados, los escaños, las papeletas, etc. Esto no pretende ser una crónica electoral ni un resumen de los acontecimientos objetivos que tuvieron lugar entre el 14 de noviembre, cuando se abrió oficialmente la campaña electoral en Egipto, y el 6 de diciembre, cuando se conocieron los resultados finales de las votaciones, desarrolladas en dos vueltas, el 28 de noviembre y el 5 de diciembre.

urnas cerradas con candado y vacías a primera hora de la mañana

Lo que me gustaría es compartir con vosotros –ya que no lo he podido hacer, o sólo lo pude hacer en parte, con los lectores de La Razón, periódico para el que realicé la cobertura de las elecciones- mis impresiones, sensaciones y análisis (subjetivos y puede que erróneos) sobre los comicios en sí y el ambiente que se ha vivido antes, durante y después de los mismos.

Las elecciones arrancaron sin fuerza, en silencio, sin pasión ni aspiraciones, con una campaña electoral bastante mediocre y tradicional, que no consiguió despertar apenas el interés de los egipcios ni de aquellos que desde fuera observan al país.

Una vez más, tuvieron que ser los Hermanos Musulmanes los que animaron el ambiente, o más bien el Ministerio del Interior: en el mes anterior a los comicios, más de 1200 miembros de este grupo religioso ilegalizado fueron arrestados, de forma arbitraria y retenidos sin cargos, y sometidos a todo tipo de abusos como es habitual. Los Hermanos fueron los únicos que salieron a la calle en los días anteriores a las elecciones, para demostrar el supuesto apoyo popular con el que cuentan (y que es muy difícil de verificar y cuantificar) y sus intenciones de seguir siendo una fuerza política importante en Egipto. Pero el régimen dejó claro desde el principio, con su salvaje persecución, que la hermandad no sería bienvenida de nuevo en el Parlamento y, de hecho, así ha sido: el principal movimiento opositor egipcio se ha quedado fuera de las instituciones.

La violenta represión de las libertades y la democracia (entendida como la voz del pueblo) en los días previos a las votaciones por parte de muchas fuerzas políticas, se prolongó durante las mismas, con choques entre las fuerzas de seguridad y los partidos opositores, pero, sobre todo, entre los partidarios y matones a sueldo de los diferentes candidatos, incluso pertenecientes al mismo partido. En la primera jornada electoral y, especialmente, en la segunda vuelta, Egipto demostró que sigue basándose más en criterios tribales, familiares y de relaciones viciadas de poder, que en criterios políticos y democráticos, tal y como los concebimos en Europa. De hecho, en los colegios electorales me di cuenta de que muy pocos egipcios saben realmente cómo funciona su sistema electoral que, además no es nada sencillo, sino que eligen a personas, a nombres y apellidos sin más. Para ello, los candidatos se asignan un simbolito (un camello, una media luna, una flor…) para que los votantes sólo tengan que reconocerlo en la papeleta y tacharlo, sin pensar y sin necesidad de saber leer o escribir. Sin duda, la falta de alfabetización, así como la falta de información y de una educación democrática, hace imposible que en Egipto se celebren elecciones con estándares occidentales. Por una parte, los egipcios no dan valor a su voto como expresión de la voluntad popular, sino el valor que éste alcanza en los colegios electorales y sus alrededores donde los votos son comprados de forma descarada, por entre 7 y 20 euros. Por otra parte, los egipcios venden su voto y no lo valoran como es debido porque saben que las elecciones ya están decididas de antemano, no confían en absoluto en su sistema y en su Gobierno, y por ello, la gran mayoría no se molesta ni siquiera en ir a votar. Una participación que las ONGs locales situaron entre el 10 y el 15% no puede ser reflejo de una democracia, sino de un país que rechaza y no cree, o no conoce, la democracia. Incluso si las elecciones hubieran sido “libres y limpias”, tal y como pedían EEUU y la UE, éstas se hubieran visto deslegitimadas por la baja participación. Pero si los diplomáticos y políticos estadounidenses y comunitarios hubieran visto y vivido el día de la primera vuelta, no se les ocurriría exigir estándares democráticos de ningún tipo.  Ese domingo 28 de noviembre fue declarado festivo para que las elecciones pudieran desarrollarse sin obstáculos, y realmente en los colegios electorales de El Cairo el ambiente era festivo: grupos de personas, familias, niños, que iban y venían, charlaban, se tomaban los bocadillos y refrescos que les habían “regalado” los representantes de los candidatos… para los que vivimos en Egipto, la informalidad es la norma, pero me sorprendió que pudiera llegar a esos niveles incluso a pie de urna, donde el jefe de la mesa electoral y los encargados de supervisar las votaciones se tomaban su té tranquilamente y leían el periódico (Desgraciadamente, en muchos colegios, la tranquilidad y diversión se vio interrumpida por los choques violentos, las restricciones, las manipulaciones, etc., pero esta es la otra cara de las elecciones, que ya habéis podido leer en los periódicos).

papeletas (la blanca para los diputados, la azul para las diputadas) y tinta para evitar irregularidades...

La informalidad, la desorganización y la falta absoluta de seriedad fue la tónica general también después de los comicios, con el recuento de los votos, el anuncio de los resultados electorales, las quejas y denuncias, y finalmente la constitución de un Parlamento hecho por y para el régimen, que nadie reconoce pero que gobernará al país con esa actitud desenfadada y pasota que caracterizó las votaciones.

uno de los pocos votantes que preservó el secreto de su voto -la mayoría votaban orientados por los "observadores" de cada partido

Después de haber seguido las elecciones en un barrio muy pobre de El Cairo, tanto yo como mi traductor sentimos tristeza, desesperanza, porque lo que habíamos visto nos hizo llegar a la conclusión (a mí, periodista europea con educación democrática, a él, joven egipcio desencantado) que la democracia queda muy muy lejos en Egipto, por no decir que es casi imposible. Hay muchísimo trabajo por delante y éste no empieza por el régimen, tal y como parecen creer los observadores internacionales y analistas, sino por el pueblo. Por supuesto, a la tristeza por ese pueblo que no sabe qué es votar ni desea hacerlo, se sumó la depresión postelectoral cuando los resultados confirmaron que el régimen había amañado, manipulado, reprimido y perseguido más que en otras ocasiones, tanto que las elecciones de 2010 han sido calificadas como las peores de la historia de Egipto. De esta forma, el régimen demostraba sus verdaderas intenciones y echaba por tierra las pocas esperanzas generadas por ese sucedáneo de libertad y apertura democrática que había conseguido vender en la cita con las urnas de 2005.

Así, la situación queda estancada, con un régimen inmóvil e inmovilista, y un pueblo que ni sueña ni concibe una revolución, sino que se resigna a la dictadura que le viene dada, suave casi siempre, muy dura en ocasiones, pero aceptable para la mayor parte que no anhela ni libertad ni democracia, conceptos demasiado complejos cuando tienes que luchar por sobrevivir con menos de 2 dólares al día, como hacen el 40% de los egipcios.

Los corresponsales tambien lloran

18 nov

No sé por qué pero el del Sáhara Occidental es un conflicto que no me llega al corazón. Supongo que a la hora de sentir empatía, pena, rabia y posicionarnos en un bando determinado, también somos selectivos y, de forma totalmente irracional en mi caso, simpatizamos más con unas causas que con otras, aunque las apoyemos y las comprendamos de la misma manera. No hace falta decir que el conflicto palestino es mi talón de Aquiles, pero en los últimos días me ha sido imposible no reflexionar sobre los acontecimientos de El Aiún, sobre todo porque, desde que el pasado lunes Marruecos desmantelara el campamento de protesta saharaui, los sucesos de ese día y sus repercusiones han sido portada de todos los periódicos, todos los días, y yo misma he estado informando sobre ello, desde El Cairo. La prensa, una vez más, ha sido la encargada de dar voz a las injusticias, a un conflicto olvidado o dormido, del que no suele hablarse tanto como del conflicto árabe-israelí porque EEUU no está de por medio y, como ha pasado en otras ocasiones, la prensa se ha convertido en protagonista del conflicto, en una de las partes: ha dejado de ser portavoz y testigo para convertirse en víctima, según su versión, y verdugo, según las acusaciones de Marruecos.

Desde el levantamiento del campamento de Gdaim Izik a principios del mes de octubre, a los corresponsales españoles en Marruecos se les dificultó acceder al Sahara e informar sobre los desarrollos de la protesta, especialmente después de que la policía marroquí abatiera a tiros a un adolescente saharaui a finales de octubre, acabando así con el carácter pacífico de la manifestación y generando una tensión que estalló la semana pasada. El boicot de Marruecos a la prensa española fue evidente y absoluto a partir del lunes 8 de noviembre, cuando el Ejército del reino alauí decidió que había llegado el momento de poner fin a esa protesta, que con la participación de unos 20.000 saharauis ha sido catalogada como la mayor desde la salida de España del Sáhara. Mohamed VI decidió que tampoco los periodistas podían seguir ejerciendo sus derechos fundamentales o, más bien, su función, que es la de informar y, en el caso de los corresponsales, trasladar lo que está sucediendo en los rincones más remotos para que los que están cómodamente en sus casas europeas puedan saber la verdad.

Esa es la misión de un corresponsal: contar lo que está pasando, explicarlo, contextualizarlo en una realidad que supuestamente conoce mejor que nadie, interpretar esa realidad con la que convive, ofrecer análisis y conclusiones basadas en su experiencia y conocimiento, en información que obtiene sobre el terreno, en lo que ve y escucha y deduce. Pero los corresponsales también somos humanos y tenemos sentimientos, opiniones, debilidades, un corazón. Y esto es aún más cierto cuando eres corresponsal en una zona en conflicto, cuando ese conflicto lo ves cada día, lo vives y lo acabas sintiendo como tuyo. Yo lo experimenté las veces que he estado trabajando en Palestina, cuando la información deja de ser hechos anónimos, datos, cifras, ciudades en un mapa, palestinos e israelíes sin alma, para convertirse en tu realidad, esa en la que te levantas cada día y en la que vives, como si te hubieras metido en una noticia del telediario.

Supongo que los corresponsales en Marruecos también son humanos (los que conozco lo son y, además, humanos de gran corazón) y no pueden ser del todo objetivos y fríos a la hora de cubrir el conflicto del Sáhara Occidental, por razones obvias desde el punto de vista profesional y personal. Puede que Rabat tenga razón cuando acuse a esos corresponsales de ofrecer una visión sesgada de los hechos y de llevar a cabo una guerra contra el Gobierno marroquí, pero esa es también la misión de un corresponsal: denunciar las injusticias de un régimen dictatorial (o de la parte más fuerte de un conflicto), hacerle la guerra –informativa-, presionar para que se promueva la libertad de expresión así como los demás derechos humanos fundamentales, dar voz a los oprimidos dentro de ese régimen (o la parte débil de un conflicto), ofrecer la versión no oficial y que el régimen no quiere que se conozca (la de los débiles frente a las de los fuertes)

Otra cosa es cuando los periodistas se convierten en parte activa del conflicto desde un punto de vista personal, cuando son involucrados como individuos con cara y nombre, como ha ocurrido con la prensa española en Marruecos. Cuando el reino Alauí le retiró la acreditación al corresponsal del periódico ABC en ese país y lanza acusaciones concretas contra medios concretos, los periodistas son atacados en el plano personal, peligra su trabajo e, incluso, su integridad física, lo cual cambia las reglas del juego, unas reglas que no deben de romperse, porque la prensa debería de ser como la ONU: intocable, aunque no consiga estar por encima de los conflictos y ser objetiva, neutral e insensible. Y aunque también se equivoque.

Los periodistas también se equivocan: foto de niños de Gaza tomada en 2006, distribuida como si correspondiera a la violencia en El Aiún la semana pasada.

Hogar, dulce hogar…

9 nov

Mi vida siempre ha sido una vida vagabunda, nómada, hecha de maletas, pesadas y llenas de todas aquellas cosas que pueden hacerte sentir más en casa, como la comida típica de tu tierra, las fotos de tus seres queridos, todas las tonterías inútiles que acumulas a lo largo de los años… Cuando vives en el extranjero o, simplemente, lejos de algunas de las personas más importantes para ti, lejos de aquello que consideras tu hogar, dedicas mucho tiempo y esfuerzo a sentirte como en casa. Pero, después de años de esfuerzos y estrategias variadas, me pregunto ¿qué es lo que realmente configura un hogar y nos hace sentir como en casa? Después de la enésima mudanza de mi vida, y después de haber cargado de nuevo con todas mis maletas repletas de esos elementos mágicos que conforman mi hogar fuera de casa, tengo serias dudas.

He dejado mi piso de la calle Ibn Nabih, el primero que tuve en Egipto, el que fue mi hogar desde mis primeros días en un país desconocido, un entorno hostil y el que fue un refugio seguro y acogedor durante casi 3 años de aventuras, incertidumbre, desconcierto y desesperación, momentos estupendos e inolvidables, duros y dolorosos… Sólo cuando me dispuse a abandonarlo me di cuenta de que ese apartamento había sido donde más tiempo he vivido en los últimos años de mi vida, desde que me fui de casa de mi madre.

Ahora, mi nuevo piso en la calle Fuad el Ahwany, a tan solo 3 manzanas de distancia del anterior, todavía no es mi casa, aunque no haya cambiado de hogar porque, al fin y al cabo, sigo estando en el mismo barrio, la misma ciudad y el mismo país que, de una forma u otra, a veces en contra de mi voluntad, se han convertido en mi mundo, al igual que la gente que me rodea.

A mi nuevo apartamento he traído conmigo todas aquellas cosas que seleccioné cuidadosamente antes de venir a Egipto, que compré y recolecté durante meses antes de coger el avión para que fueran perfectas, mi hogar y mi identidad, para que me hicieran compañía. A ellas se han sumado las adquisiciones, los amuletos de los últimos 3 años en El Cairo, aquellas cosas que he ido acumulando, sobre las que se ha ido acumulando el polvo y la arena del desierto, aquellos objetos “imprescindibles” que me he ido trayendo desde Madrid, desde mis otros hogares en Italia y España, y que se han ido sumando a mis escasas pertenencias iniciales. Aún así, todavía no consigo sentirme como en casa…

Entonces, qué es lo que hace un hogar? Es la casa en sí, que sea bonita, moderna, decorada con muebles de Ikea? El hecho de sentirnos a gusto en ella o simplemente acostumbrarnos a sus cuatro paredes? Es el lugar donde vivimos, que se convierte con el tiempo en Nuestro barrio, Nuestra ciudad, Nuestro país? Es la gente que nos rodea la que de verdad emana ese calor hogareño que nos hace sentir seguros y felices? Supongo que una suma de todos estos elementos y, más importante aún, el hecho de querer e intentar sentirnos como en casa en cualquier otro sitio que no hayamos catalogado como tal en nuestra cabeza. Y como con todas las cosas, es cuestión de tiempo y de rutina.

La revolucion de los tomates

21 oct

Quiero pensar que estamos ante un momento histórico en Egipto, quiero imaginar que voy a ser testigo de ello y, sobre todo, quiero soñar con que algo importante pueda ocurrir en y para este país. Quizás, las mías sean sólo imaginaciones o ilusiones, propiciadas por el ambiente enrarecido de los últimos días, en los que la usual niebla cairota parece no querer disiparse ni con el viento, ni con la disminución del calor registrada ayer, después de una semana de vuelta al verano con temperaturas que han alcanzado los 40 grados en la capital egipcia. Los expertos dicen que éste está siendo uno de los años más calurosos en Egipto y uno de los veranos que más se han prolongado, afectando así gravemente a varios aspectos de la vida cotidiana de los egipcios, que sufren más que nunca en estos momentos y, lo que es más sorprendente, se quejan como nunca lo habían hecho antes. Las altas temperaturas han repercutido considerablemente en la agricultura egipcia, devastando las cosechas para este año, que están resultando un 70% menos productivas de los habitual, con las dramáticas consecuencias que inevitablemente ello conlleva, especialmente en un país donde se estima que alrededor de un 40% de la población vive en la pobreza y depende de una economía de subsistencia.

Los precios de los alimentos se han disparado desde el mes del Ramadán, cuando la inflación suele aumentar debido a un consumo mucho más elevado y más “de lujo” respecto al resto del año. La carne en el mercado egipcio ha subido casi un 30% mientras que el precio de las hortalizas ha experimentado un incremento de más del 50%. El precio de los tomates en Egipto, que ha alcanzado las 10 libras (1,20 euros aprox.), es el centro de muchas conversaciones últimamente y no sólo de las de amas de casas provenientes de esa franja de la población que es pobre, ni siquiera de la reducida e indefinida clase media egipcia. Desde la mujer de la limpieza hasta el taxista, desde los expatriados hasta los egipcios pertenecientes a ese club selecto que nunca ha pasado hambre y que no tiene que preocuparse por llegar a fin de mes, todos hablan de los tomates a 10 libras!!! 10 libras que pueden ser una parte importante del salario medio de un egipcio cualquiera o 10 libras que no son nada para los bolsillos de los extranjeros y ese 10% de la población que concentra en sus manos la riqueza del país. Pero 10 libras que son un signo de la situación económica de Egipto, que hasta el momento ha resistido relativamente bien el impacto de la crisis financiera internacional –o eso dicen los datos oficiales. Y 10 libras que quiero pensar que pueden despertar y revolucionar a muchos, bastante más que cualquier consigna incendiaria o proclama política: es sabido, en la historia son más probables las revueltas cuando el pueblo pasa hambre, que cuando se le pisotea, se le reprime y se le priva de sus derechos básicos. Tener el estómago lleno es una condición sine qua non, mientras sí se puede sobrevivir sin derechos básicos, sin educación, sin la posibilidad de llevar una vida decente por encima de la mera subsistencia e, incluso, sin libertad.

Egipto ha sido testigo en las últimas décadas de varias y fuertes protestas por el pan: la subida del precio del pan, subvencionado y proporcionado por el Gobierno a una porción importante de la sociedad, ha desencadenado graves disturbios en el pasado, que amenazaron incluso con desembocar en revoluciones propiamente dichas –en la última ocasión, en el año 2008, murieron más de 10 personas. Me gustaría pensar o imaginar que estamos ahora ante una posible revolución, esta vez debido al incremento de todos los alimentos, en especial los vegetales que constituyen la base de la alimentación de un egipcio común. El descontento social en el país es palpable y, sobre todo, se deja oír cada vez más en las calles, en los cafés, en los mercados y en las casas, no sólo de esa gran masa de egipcios que han malvivido hasta ahora, con los tomates a 2 libras el kilo, sino también de los egipcios más adinerados. A esto hay que sumarle otra serie de circunstancias actuales que hacen de este momento un momento histórico e, insha’allá (si dios quiere), oportuno para algún cambio: el fortalecimiento de un movimiento prodemocracia en Egipto, cada vez más activo y visible, y menos silencioso; las elecciones parlamentarias que se celebrarán en noviembre y las presidenciales programadas para finales del próximo año, con la cuestión de la sucesión hereditaria en el poder sobre la mesa; el régimen de Mubarak que muestra signos de debilidad y está asustado ante esa posibilidad de cambio y, para ello, ya ha empezado actuar con fuerza contra sus opositores, cargando con fuerza, por ejemplo, contra los medios de comunicación independientes.

Quiero soñar, imaginar, desear, esperar que estamos ante la revolución de los tomates: roja, con pasión, pero sin sangre, fresca y joven, una nueva época para el Egipto moderno.

Identidad nacional y otros conceptos inventados

13 oct

Otro 12 de octubre en el Cairo. Otro cóctel en la Embajada, con una estupenda barra libre pagada con los impuestos de todos los españoles y un catering algo menos brillante, que este año ha innovado con unos canapés de paella… Y el día después, toca hacer algunas reflexiones – o intentarlo, con la resaca patriótica.

Creo que soy de todos menos patriótica y quien me conoce lo sabe muy bien: no me siento ciudadana de ninguno de los países de los que poseo la nacionalidad, o la residencia,  y rechazo mi pertenencia a la nación que me vio nacer y a la cual supuestamente pertenezco por sangre y por ley. Lo que más odio es la típica pregunta “Y tú, ¿de dónde eres?”, porque nunca sé exactamente qué contestar, aunque ya tengo una versión resumida e impersonal de mi vida, que repito como un autómata cada vez que conozco a alguien. Cuando vivía en Canarias, decía que era italiana; cuando me mudé a Madrid, contestaba que venía de Canarias; y ahora en Egipto, digo que soy española o italo-española, para que la gente se explique porque me llamo como me llamo. Aún así, yo también tengo mi corazoncito y yo también necesito sentirme parte de algo, como todos nosotros: de una etnia, de un país, de una ciudad, de un grupo religioso, de un equipo de fútbol, de un club de fans…  Mi primer 12 de octubre en El Cairo, tuve que quedarme en casa mientras todos mis amigos y conocidos iban al cóctel de la Embajada, porque aún no tenía pasaporte español (que me fue concedido hace menos de 2 años) y no podía entrar a la fiesta sin él: me sentí como cuando tus padres te castigan de pequeño y no puedes hacer lo que hacen los demás niños, pero peor todavía me sentí cuando, unos días antes, había llamado a la Embajada para pedir que por favor enviaran dos invitaciones para los dos becarios de EFE (yo y mi compañero Javier Fagúndez), y la secretaria del Embajador me dijo que yo “no tenía nada que ver con España”, a pesar de trabajar para una empresa española y tener la residencia en España desde hace más de 10 años. Quién era esa mujer para juzgarme? O para decirme cuál era mi patria? Lógicamente ella se basaba en hechos legales y documentales, que son al final lo que nos etiqueta y establece quiénes somos, pero para mí el patriotismo es algo mucho más libre y personal: es algo que simplemente tienes que sentir y que nadie te puede imponer. No puedo decir que desde que vivo en Egipto me sienta más española, pero sí me reconozco más con esta nación y con su gente, me gusta identificarme como española antes que como italiana, y estoy orgullosa de ello, cuando puedes decir “no! no soy americana. Soy española!”. Vivir fuera te cambia mucho, en muchos aspectos, y, sin duda, cuando estás en el extranjero, sientes más que nunca la necesidad de pertenecer y de identificarte con algo: ante todo con un idioma, con un grupo de personas, con unas costumbres, que se vuelven sagradas cuando los que te rodean tienen otras diferentes, con un imaginario colectivo que te das cuenta de que tienes y de que forma parte de ti, aunque no seas consciente de ello. Con todo ello, no quiero decir que ahora sea más patriótica, porque sigo sin compartir el concepto mismo de patria y la idea inventada de identidad nacional, y sigo considerándome una ciudadana del mundo, sin país ni bandera, pero me gusta poder disfrutar del calor de las pequeñas cosas que te hacen sentir más en casa -o lo que es “casa” para cada uno de nosotros-, como una canción, una tortilla española, una copa de vino (aunque hoy, en concreto, prefiero obviar este elemento), una expresión, unas risas con las personas que constituyen tu patria y tu familia cuando estás en el extranjero. Para todas ellas, voy a colgar una foto de anoche (espero que a nadie le importe), en honor a la comunidad española en El Cairo.

Y una última reflexión, más política, porque no puedo evitarlo. Esta semana, además de ser el 12 de octubre, hemos sido testigos de cómo el Gobierno derechista y racista de Israel ha aprobado una proposición de ley que, de ser aprobada por el parlamento, modificará las normas relativas a la ciudadanía: cualquier persona que quiera ser ciudadano israelí tendrá que jurar lealtad a este país como estado judío. Una vez más, Israel ha sabido mezclar hábilmente la política con la religión, y ha vuelto a evidenciar su naturaleza sionista y para nada democrática, como nos quiere vender y hacer creer. Esta decisión política está, obviamente, dirigida hacia los palestinos y será usada como herramienta legal contra ellos, ya que, ningún palestino (creo y espero) aceptará jurar fidelidad a su ocupante y a su dios. Asimismo, refuerza un poco más la identidad judía de Israel que cada vez más pone énfasis en su base religiosa, en lugar que en otro tipo de valores, más reales, justos y prácticos. De esta forma, no sólo los árabes-israelíes se verán afectados, los propios israelíes se verán obligados a ser etiquetados y a considerarse judíos, aunque, no hay que olvidarlo, muchos de ellos sean laicos y algunos incluso ateos.

Y hablando de identidades y conceptos falsos, de todos aquellos que han sido inventados para servir determinados intereses, Israel sin duda ha conseguido crear el concepto más falso y engañoso y, además, que todo el mundo lo acepte como una verdad absoluta: que los judíos son un pueblo y no una comunidad religiosa, sin más, lo cual no entraña relación ninguna con la etnia, la nacionalidad o la pertenencia territorial. Sus consecuencias, las conocemos todos.