Tahrir, medio lleno o medio vacio…

31 may

A pesar de ser una persona negativa por naturaleza, no me gusta serlo respecto a la revolución egipcia y la actual transición, quizás porque todavía me siento un poco culpable después de mi último post antes del 25 de enero y un análisis que escribí poquísimos días antes para La Razón (y que afortunadamente jamás se publicó) sobre la imposibilidad de una revuelta al estilo tunecino en Egipto. Pero esta semana no puedo evitar serlo, al menos un poquito… El viernes debía ser otro gran “día de la rabia”, rabia por todos las reivindicaciones incumplidas, por todas aquellas cosas que aún no han cambiado y que, lo que es peor, se repiten, se reproducen y se recrudecen; incluso, hubo quien anunció que el viernes sería la “segunda revolución”, para conseguir lo que la primera no pudo. Finalmente, en Tahrir, el pasado viernes no hubo un millón de personas –el objetivo de los organizadores-, ni medio millón, ni quizás 50.000, aunque varios manifestantes con los que hablé se mostraban satisfechos con la participación, multitudinaria, aunque no espectacular y, por supuesto, nada en comparación con aquel primer “viernes de la ira”.

Tahrir el viernes 27 de mayo

La gente vio el vaso medio lleno, mientras yo lo vi medio vacío. Para ellos fue un éxito que decenas de miles de personas acudieran a Tahrir a pesar de la compaña de miedo y advertencias en contra de la manifestación, a pesar de la posibilidad de que hubiera violencia en el momento en el que el Ejército dijo que no estaría presente en las calles, a pesar del boicot de los Hermanos Musulmanes. Para mí fue un fracaso o, al menos, una decepción, que la plaza no estuviera tan llena como en el pasado, que se pudiera andar y respirar sin problemas en ella, porque fue el indicativo de que los Hermanos habían ganado la batalla, que ellos siguen siendo la principal fuerza opositora y los que pueden realmente movilizar a las masas (aunque tengo que decir que fue muy positivo el hecho de que no hubiera incidentes y un éxito en sí el ambiente que se vivió en la plaza, a pesar de la lluvia, el calor y la capa de arena que cubría El Cairo).

Lo que me hace ser especialmente negativa es que los últimos desarrollos -no sólo la convocatoria del pasado viernes- hacen pensar en una alianza entre el Ejército, que gobierna Egipto desde la caída de Mubarak, y los Hermanos Musulmanes, que han quedado como la única fuerza política estructurada y poderosa. Una de las principales reivindicaciones en Tahrir era el fin de los juicios militares para civiles, que los propios Hermanos han sufrido en sus carnes desde siempre, y en general en contra de los abusos del Ejército, que nunca ha sido demasiado amigo de los movimientos islámicos e islamistas. Una colaboración entre ambos (tácita, secreta, implícita) es innatural y significaría simplemente que los dos quieren mantener el status quo en Egipto y perpetuar sus privilegios, por encima de la revolución y del espíritu que hay detrás de ella.

Esta semana ha llegado una delegación de políticos españoles a El Cairo para compartir experiencias sobre la transición democrática y uno de ellos, Narcís Serra (ex Vicepresidente y Ministro de Defensa en los gobiernos de Felipe González), me comentaba que, si todo va bien, Egipto seguirá el modelo turco: un Ejército fuerte que vertebre el estado y constituya el poder real. Si esto ya no es bueno de por sí, en ningún país del mundo, al menos en Turquía el Ejército ha sido el guardián del laicismo y de un Estado supuestamente de derecho –que no democrático, ya que la mayor parte de la población comparte otros valores, tal y como ha demostrado la vida política del país en los últimos años. Pero en Egipto, sería todavía más abominable si una institución corrupta y brutal como el Ejército defendiera valores religiosos, en algunos casos extremistas como los de los Hermanos Musulmanes.

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