Egipto impasible

16 ene

Egipto mira a Túnez. Con envidia, con esperanza, con admiración, con fuerza, como un ejemplo, como la mecha que puede prender la revolución en todo el norte de África y el mundo árabe. Cuando el pasado viernes cayó finalmente el presidente tunecino Ben Ali, las redes sociales explotaron en Egipto, con mensajes de apoyo, de admiración, de fraternidad, de sueños y sufrimientos compartidos. De revolución. Y grupos de personas salieron a las calles en El Cairo: los tunecinos para celebrar su victoria sobre el dictador, los egipcios para decirles a su dictador que ese será su destino, que antes o después se cumplirá. La consigna más recurrente fue: “Hoy Ben Ali, mañana Mubarak”, seguida en muchas ocasiones de un esperanzado, pero también resignado “insha’Allá” (si Dios quiere).

Los acontecimientos de Túnez demuestran que las revoluciones todavía son posibles, en el mundo, y que los sólidos y eternos regímenes árabes pueden caer, en algún momento. Pero esto no puede ocurrir todos los días, ni tan fácilmente como en Túnez, ni significa que lo que han conseguido los tunecinos lo pueda hacer cualquier pueblo de la región -y que le vaya a salir tan bien. No creo en las teorías del efecto dominó, porque sería demasiado utópico hacerlo y demasiado bonito que ocurriera realmente. Y desgraciadamente no creo que el efecto “Túnez” pueda alcanzar a Egipto, a pesar de la euforia de los activistas y bloggers, que no dejan de ser un grupo muy reducido de la sociedad egipcia; a pesar de las tímidas esperanzas que muestra la oposición, que finge creerse que una revolución también es posible en el país del Nilo –y sin duda lo es, pero no de forma tan directa y obvia.

Por su parte, el régimen egipcio se muestra prudente, políticamente correcto, no ofrece signos de debilidad ni de miedo, y declara que acepta la voluntad del pueblo tunecino. Pero nadie sabe qué estará pensando el presidente Mubarak, si se ve reflejado en Ben Ali, si teme por su futuro o simplemente confía en haberlo hecho mejor que él a lo largo de sus 30 años de mandato, habiendo construido una dictadura más sólida, más estructurada, que puede hacer frente a cualquier amenaza y sobrevivir, esto es, reprimir, cualquier intento de desestabilización. Si el régimen está inquieto, lo podremos ver en los próximos días, con el despliegue y la presencia policial en la capital egipcia, que suelen ser buenos indicadores de la situación y el clima que vive el país –y que no suele corresponderse con el que se respira en internet, donde un reducido y privilegiado porcentaje de egipcios sueñan con la caída de Mubarak -en ocasiones, yo incluida. Pero en las calles, la vida sigue como siempre, independientemente de la política y los políticos, las revueltas, el terrorismo y el descontento social que pueda haber dentro y fuera de las fronteras egipcias. Lo hemos visto durante las elecciones parlamentarias del pasado mes de noviembre y, de nuevo, con el atentado contra los coptos la pasada Nochevieja: Egipto se despierta, se agita durante unos días (muchos menos de lo que cabría esperar), los pocos intelectuales y activistas vaticinan nuevas eras, y luego todo vuelve a la normalidad, sin casi dejar huella. Esto es lo peor y lo mejor de Egipto: su fortaleza para resistir cualquier desgracia y sobreponerse rápidamente, para olvidarse de sus heridas, de sus muertos, y volver a la rutina cotidiana, para no hundirse en el victimismo y en ese estado de crisis permanente en el que viven muchos otros países. Pero, de esta forma, Egipto nunca aprende, no reflexiona, no saca lecciones y conclusiones de sus errores y de su sufrimiento. Permanece impasible ante las cosas y el tiempo que pasa, como si no tuviera alma, o supiera que esta es la única forma que tiene de sobrevivir.

Quizás, en algún momento, eso estalle, tal y como ha ocurrido en el país más estable y próspero del Magreb, donde los ciudadanos venían padeciendo callados una férrea dictadura desde hace 23 años y donde nadie habría dicho que era posible una revolución democrática popular. Quizás la estabilidad de la que también goza Egipto, su paciencia con una dictadura de 30 años –por no decir de más de medio siglo-, y su pasividad sean sólo aparentes como lo eran en Túnez… Insha’Allá!

3 Responses to “Egipto impasible”

  1. Jaime 16 enero, 2011 at 19:34 #

    Muy elegante el inshallah al final del artículo.

  2. NAT´S 26 enero, 2011 at 22:47 #

    Pero la situaciób ha cambiado y los egipcios llevan dos días en la calle . No parece que vayan a cejar en su empeño tan facilmente .

  3. katia 30 enero, 2011 at 23:27 #

    egipto no tan impasible!!!!

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