Reflexiones postelectorales

13 dic

Hace una semana que concluyeron las elecciones parlamentarias egipcias y hoy se inicia la nueva legislatura con la inauguración del nuevo Parlamento, que ha quedado en manos prácticamente de forma absoluta del partido gobernante del presidente Mubarak.

No quiero aburrir con datos, cifras y porcentajes sobre los partidos políticos, los candidatos/diputados, los escaños, las papeletas, etc. Esto no pretende ser una crónica electoral ni un resumen de los acontecimientos objetivos que tuvieron lugar entre el 14 de noviembre, cuando se abrió oficialmente la campaña electoral en Egipto, y el 6 de diciembre, cuando se conocieron los resultados finales de las votaciones, desarrolladas en dos vueltas, el 28 de noviembre y el 5 de diciembre.

urnas cerradas con candado y vacías a primera hora de la mañana

Lo que me gustaría es compartir con vosotros –ya que no lo he podido hacer, o sólo lo pude hacer en parte, con los lectores de La Razón, periódico para el que realicé la cobertura de las elecciones- mis impresiones, sensaciones y análisis (subjetivos y puede que erróneos) sobre los comicios en sí y el ambiente que se ha vivido antes, durante y después de los mismos.

Las elecciones arrancaron sin fuerza, en silencio, sin pasión ni aspiraciones, con una campaña electoral bastante mediocre y tradicional, que no consiguió despertar apenas el interés de los egipcios ni de aquellos que desde fuera observan al país.

Una vez más, tuvieron que ser los Hermanos Musulmanes los que animaron el ambiente, o más bien el Ministerio del Interior: en el mes anterior a los comicios, más de 1200 miembros de este grupo religioso ilegalizado fueron arrestados, de forma arbitraria y retenidos sin cargos, y sometidos a todo tipo de abusos como es habitual. Los Hermanos fueron los únicos que salieron a la calle en los días anteriores a las elecciones, para demostrar el supuesto apoyo popular con el que cuentan (y que es muy difícil de verificar y cuantificar) y sus intenciones de seguir siendo una fuerza política importante en Egipto. Pero el régimen dejó claro desde el principio, con su salvaje persecución, que la hermandad no sería bienvenida de nuevo en el Parlamento y, de hecho, así ha sido: el principal movimiento opositor egipcio se ha quedado fuera de las instituciones.

La violenta represión de las libertades y la democracia (entendida como la voz del pueblo) en los días previos a las votaciones por parte de muchas fuerzas políticas, se prolongó durante las mismas, con choques entre las fuerzas de seguridad y los partidos opositores, pero, sobre todo, entre los partidarios y matones a sueldo de los diferentes candidatos, incluso pertenecientes al mismo partido. En la primera jornada electoral y, especialmente, en la segunda vuelta, Egipto demostró que sigue basándose más en criterios tribales, familiares y de relaciones viciadas de poder, que en criterios políticos y democráticos, tal y como los concebimos en Europa. De hecho, en los colegios electorales me di cuenta de que muy pocos egipcios saben realmente cómo funciona su sistema electoral que, además no es nada sencillo, sino que eligen a personas, a nombres y apellidos sin más. Para ello, los candidatos se asignan un simbolito (un camello, una media luna, una flor…) para que los votantes sólo tengan que reconocerlo en la papeleta y tacharlo, sin pensar y sin necesidad de saber leer o escribir. Sin duda, la falta de alfabetización, así como la falta de información y de una educación democrática, hace imposible que en Egipto se celebren elecciones con estándares occidentales. Por una parte, los egipcios no dan valor a su voto como expresión de la voluntad popular, sino el valor que éste alcanza en los colegios electorales y sus alrededores donde los votos son comprados de forma descarada, por entre 7 y 20 euros. Por otra parte, los egipcios venden su voto y no lo valoran como es debido porque saben que las elecciones ya están decididas de antemano, no confían en absoluto en su sistema y en su Gobierno, y por ello, la gran mayoría no se molesta ni siquiera en ir a votar. Una participación que las ONGs locales situaron entre el 10 y el 15% no puede ser reflejo de una democracia, sino de un país que rechaza y no cree, o no conoce, la democracia. Incluso si las elecciones hubieran sido “libres y limpias”, tal y como pedían EEUU y la UE, éstas se hubieran visto deslegitimadas por la baja participación. Pero si los diplomáticos y políticos estadounidenses y comunitarios hubieran visto y vivido el día de la primera vuelta, no se les ocurriría exigir estándares democráticos de ningún tipo.  Ese domingo 28 de noviembre fue declarado festivo para que las elecciones pudieran desarrollarse sin obstáculos, y realmente en los colegios electorales de El Cairo el ambiente era festivo: grupos de personas, familias, niños, que iban y venían, charlaban, se tomaban los bocadillos y refrescos que les habían “regalado” los representantes de los candidatos… para los que vivimos en Egipto, la informalidad es la norma, pero me sorprendió que pudiera llegar a esos niveles incluso a pie de urna, donde el jefe de la mesa electoral y los encargados de supervisar las votaciones se tomaban su té tranquilamente y leían el periódico (Desgraciadamente, en muchos colegios, la tranquilidad y diversión se vio interrumpida por los choques violentos, las restricciones, las manipulaciones, etc., pero esta es la otra cara de las elecciones, que ya habéis podido leer en los periódicos).

papeletas (la blanca para los diputados, la azul para las diputadas) y tinta para evitar irregularidades...

La informalidad, la desorganización y la falta absoluta de seriedad fue la tónica general también después de los comicios, con el recuento de los votos, el anuncio de los resultados electorales, las quejas y denuncias, y finalmente la constitución de un Parlamento hecho por y para el régimen, que nadie reconoce pero que gobernará al país con esa actitud desenfadada y pasota que caracterizó las votaciones.

uno de los pocos votantes que preservó el secreto de su voto -la mayoría votaban orientados por los "observadores" de cada partido

Después de haber seguido las elecciones en un barrio muy pobre de El Cairo, tanto yo como mi traductor sentimos tristeza, desesperanza, porque lo que habíamos visto nos hizo llegar a la conclusión (a mí, periodista europea con educación democrática, a él, joven egipcio desencantado) que la democracia queda muy muy lejos en Egipto, por no decir que es casi imposible. Hay muchísimo trabajo por delante y éste no empieza por el régimen, tal y como parecen creer los observadores internacionales y analistas, sino por el pueblo. Por supuesto, a la tristeza por ese pueblo que no sabe qué es votar ni desea hacerlo, se sumó la depresión postelectoral cuando los resultados confirmaron que el régimen había amañado, manipulado, reprimido y perseguido más que en otras ocasiones, tanto que las elecciones de 2010 han sido calificadas como las peores de la historia de Egipto. De esta forma, el régimen demostraba sus verdaderas intenciones y echaba por tierra las pocas esperanzas generadas por ese sucedáneo de libertad y apertura democrática que había conseguido vender en la cita con las urnas de 2005.

Así, la situación queda estancada, con un régimen inmóvil e inmovilista, y un pueblo que ni sueña ni concibe una revolución, sino que se resigna a la dictadura que le viene dada, suave casi siempre, muy dura en ocasiones, pero aceptable para la mayor parte que no anhela ni libertad ni democracia, conceptos demasiado complejos cuando tienes que luchar por sobrevivir con menos de 2 dólares al día, como hacen el 40% de los egipcios.

2 Responses to “Reflexiones postelectorales”

  1. Jon 16 diciembre, 2010 at 17:34 #

    Me ha gustado tu reflexión, Xesca.

    Sólo había leido lo que salió en su día en el periódico. La verdad es que lo que he visto sobre este proceso, por lo poco que conozco a los egipcios, no me sorprende demasiado…

    • Francesca Cicardi 17 diciembre, 2010 at 9:21 #

      Gracias Jon! me alegro de que me leas, desde el extranjero! yo siempre pienso que los egipcios ya no me pueden sorprender más, pero cada vez acaban haciéndolo, para lo bueno y para lo malo… vivir en El Cairo es así de maravilloso: las aventuras y las emociones nunca terminan!

Leave a Reply