Navidad, cerdo, alcohol y otras tonterias

24 dic

Las navidades siempre me ponen melancòlica y siempre son un buen momento para hacer reflexiones profundas y balance del año. Eso quizàs no sea de gran interès para vosotros, asì que se me ha ocurrido -entre una maleta y otra, un regalo previsto y otro de ùltima hora, en medio de las ganas locas de vacaciones- un anàlisis màs sociocultural o antropològico de la Navidad, desde el punto de vista de los que la vivimos de una forma diferente, en un paìs donde no hay Navidad, y que aùn asì no renunciamos a ella bajo ningùn concepto.

En los dìas previos a las vacaciones, desde mediadios de diciembre, la Navidad se podìa sentir en el aire, incluso en El Cairo –especialmente en mi barrio, Zamalek, donde los comercios tratan de sumarse al consumismo navideño occidental y ofertan desde papà noeles hasta abetos, incluso de verdad! Pero, sobre todo, se podìa sentir entre la comunidad de expatriados que ya no podìamos esperar màs para coger nuestro aviones hacia nuestros respectivos hogares, para participar en eso que llamamos Navidad -y aùn màs tangible era la pena de aquellos expatriados que no han podido volver a casa por Navidad…

No estamos hablando de vacaciones, de volver a ver a la familia, los amigos, de regresar a Casa, con mayùscula, de esa ilusiòn infantil que todavìa conservamos todos… Estamos hablando de pequeñas y grandes cosas que nos hacen ser lo que somos: las costumbres. En los ùltimos dìas, los españoles de El Cairo no hacìamos sino pensar y hablar del jamòn que nos ìbamos a comer y de las ingentes cantidades de alcohol que planeàbamos ingerir durante las fiestas navideñas. Como si normalmente no bebìeramos. Como si en las despensas de la comunidad española en Egipto faltara el cerdo en algùn momento del año. Pero estas son las cosas que nos hacen sentir que somos nosotros y que no hemos dejado de serlo: porque tenemos miedo a “perdernos” cuando vivimos en el extranjero, miedo a abandonar nuestras raìces -o que ellas nos abandonen. En este sentido, somos todos muy conservadores y nos resistimos al cambio, al de nosotros mismos, al de las cosas que configuran nuestro mundo, nuestra forma de ser, aquello que siempre ha sido asì “de toda la vida” y que no puede, no debe variar.

Estas son las costumbres, que van desde las tonterìas màs insignificantes hasta la forma en la que organizamos nuestro tiempo y nuestra vida. La navidad, sin duda, es una de ellas, y de las principales, porque para todos, con contadìsimas excepciones, estos 15 dìas son especiales, de alguna u otra forma. Incluso los màs laicos y ateos, entre los que me incluyo, no podemos evitar tener fe en estas fechas, ponernos familiares, sentimentales, considerar estos dìas como màgicos, cuando la ùnica magia que realmente tiene lugar es la de las tarjetas de crèdito y los hìgados de nosostros gordos-cristianos-consumistas-occidentales.

Las costumbres, al fin y al cabo, nos hacen sentir seguros, nos hacen sentir tranquilos, como en Casa, independientemente del lugar geogràfico donde nos ubiquemos. Desayunar tostadas con aceite y tomate; tomar un cafè con leche a media tarde; y tomar unas cervezas por la noche –y acostarse con dos copas de màs; en El Cairo, o en cualquier otra ciudad del mundo, nos hace sentir que seguimos siendo lo que somos, e pesar de todo – de lo bueno y de lo malo. A pesar de que el mundo a nuestro alrededor se transforme, degenere, se caiga, a pesar de la incertidumbre vital en la que nos encontramos, de las amenazas –reales e inventadas-, del tiempo que pasa y todo lo cambia. Pero poder volver a casa por Navidad es una certeza, un objetivo, una droga, algo que nos da fuerza antes y despuès del 25 de diciembre, que nos dice que, en el fondo, todo sigue en su sitio, que no tenemos porque tener miedo.

Cada año, poder volver a Milàn por Navidad, a casa de mi padre, comprar los regalos y hacer el àrbol con èl el dìa 24, y el dìa 25 tener siempre los mismos invitados, cocinar para las mismas bocas desagradecidas, lavar decenas de copas y vasos y platos, y el dìa 26 acumular demasiadas resacas y demasiada comida en el cuerpo, y esperar la nieve, pedirle a mi padre que encienda la chimenea, acabar odiando a la familia, sus regalos inùtiles… Son todas cosas a las que todavìa no me siento capaz de renunciar, que me hacen saber que mi vida sigue siendo la de siempre, a pesar de que no lo es en absoluto, que me dan tranquilidad porque sé que dentro de un año, independientemente de còmo sea èste, volverè al mismo lugar, a la misma mesa, a los mismos rituales a los que me aferro, ignorando la edad y las circunstancias, como si en los ùltimos 10 años yo y mi vida no hubièramos cambiado –para lo bueno y para lo malo.

Llamèmoslo costumbre, debilidad, necesidad, tranquilidad. O simplemente Navidad.

One Response to “Navidad, cerdo, alcohol y otras tonterias”

  1. Jon 27 diciembre, 2010 at 14:12 #

    Feliz Navidad, Xesca!!

    Que lo pases muy bien estos días de vacaciones.

    Las fiestas navideñas, al margen de las connotaciones religiosas (que son todas) para mí supone unos días de reencuentros. Familiares que viven fuera, amigos a los que no puedo ver el resto del año… y eso me pone contento. Juntarnos 20 personas en casa de mi abuela y verla disfrutar merece la pena.

    Me ha gustado mucho el antepenúltimo párrafo.

    Por cierto, las tildes las has puesto todas… al revés!!! jaja

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