Negociaciones de ¿paz? desde dentro

21 sep

De camino al aeropuerto con destino a Sharm el Sheij para cubrir la segunda ronda de negociaciones entre palestinos e israelíes, mi taxista me explicó que esta vez tampoco habría paz porque no pueda haberla: según él,  Israel y los árabes se encontrarán ante dios el día del juicio final y allí los árabes acabarán con el Estado sionista. No sé si esta es una versión muy radical e idealista de un musulmán, de un árabe cabreado, demasiado decepcionado, ni si todos los vecinos de Israel creerán eso, pero tras el intenso día de conversaciones de paz, el clima en Sharm el Sheij se parece a lo que podría ser el día del juicio final. Todo se queda desierto: el desierto vacío de seguridad, de desgraciados policías puestos bajo el sol justiciero durante horas, despejado de controles de carreteras cada pocos metros y sin hombres enchaquetados que representan al demonio, sea cual sea su afiliación política o religiosa. El calor sigue siendo insoportable y la desesperanza es palpable, sobre todo entre los periodistas después de un día sin comer y, sobre todo, sin poder informar, que es lo que se supone que fuimos a hacer allí. Una vez más los representantes políticos, los negociadores y los diplomáticos han venido, posado y vencido, al menos el favor de un público doméstico hambriento de buenas noticias y una comunidad internacional que quiere dormir tranquila pensando que la paz es aún posible y que se está trabajando para alcanzarla. Una vez más Sharm el Sheij se queda sólo en eso, un escenario diseñado especialmente para el teatro de la paz en Oriente Medio, que sigue luchando a diario una guerra jamás cerrada, donde los perdedores siempre son los mismos y las historias y los roles se van repitiendo, en un guión escrito al otro lado del Mediterráneo y del Atlántico.

Ser testigo desde dentro de las denominadas negociaciones de paz es aún más triste e indignante que oír o leer las declaraciones vacías de palabras bonitas de los protagonistas de turno: pasos positivos, marco de entendimiento, clima de confianza, voluntad política, compromiso serio… Esta vez el encargado de contarnos el cuento ha sido el enviado especial para Oriente Medio de EEUU, George Mitchell, que, viejo y visiblemente cansado, ha repetido una vez más la misma retahíla monótona que llevamos oyendo desde que el presidente estadounidense Obama llegó al poder y desde que él mismo la expuso en El Cairo por primera vez hace más de un año: dos estados para dos pueblos, un estado palestino que conviva en paz y seguridad con el Estado de Israel, el fin de los asentamientos. Mitchel fue el encargado de vender con palabras y esconder con fórmulas diplomáticas la realidad de las reuniones, en las que nadie sabe realmente qué se ha dicho ni quién lo ha dicho, ya que, personalmente, no acabo de creerme que Abbas y Netayahu puedan a estas alturas sentarse a la misma mesa a negociar –o quizás lo hagan riéndose de todos nosotros. Hillary Clinton fue quien abrió paso a Mitchell, reuniéndose a primera hora con el presidente egipcio, Hosni Mubarak. Luego fue el turno del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y por último, el del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abbás. Una reunión cada hora y un photo call cada reunión, esa fue la única información que nos ofrecieron: un apretón de manos ante las cámaras y luego encuentro a puerta cerrada. Mientras, durante las tres horas que duraron los encuentros los periodistas permanecimos literalmente encerrados en una sala de prensa, incomunicados (el móvil nos fue requisado y no teníamos conexión a internet) y desinformados. Cuando tendría que haber llegado alguien a ofrecernos aunque fuera un breve resumen de lo hablado en las reuniones, nos dijeron que volviéramos más tarde y nos echaron de allí. Un par de horas más tarde, el portavoz de la presidencia egipcia despistó a la prensa, mientras, a la misma hora, estaba convocada la rueda de prensa de Mitchell, en otro hotel a 20 minutos y varios controles de seguridad de distancia, donde los amigos y aliados habían establecido su cuartel general: a la prensa que viajaba con el senador y a los periodistas israelíes les fue permitido trabajar y esperar los resultados de las negociaciones en un ala del hotel Hayat, con comida, conexión a internet y personas del departamento de Estado que fingían saber que estaba pasando. A los demás ni agua ni enchufes para los portátiles. En las jerarquías informativas también se puede ver quienes son los que de verdad cuentan, los que ponen las reglas y los que manejan la información, que lo es todo,  especialmente en estos casos cuando no hay hechos sino palabras.

Así es como, desde dentro, te das cuenta que las reuniones son muy breves para que realmente se pueda hablar de algo, que los protagonistas son muy viejos –en todos los sentidos- para que puedan soñar o conseguir nada, y que el proceso de paz no es más que una maquinaria diplomática ideada por EEUU y perfectamente engrasada por Egipto para contarnos mentiras y fingir que América también sabe hacer la paz y no sólo la guerra.

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